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Pedro Ochoa

Pedro Ochoa fue uno de los personajes que el formidable "Morocho" (Gardel), utilizó en uno de sus temas para graficar lo que era el fútbol de la época y justamente abordó la personalidad de quien fue, sin duda alguna, el representante más exquisito de lo que significa al arraigo popular. Ochoita. El hombre de los mil alias. El hombre que con un quiebre de cintura partía en dos al rival. El sensacional "rey de la gambeta", el escurridizo "Ardilla". El ala ideal. El insider que aprendió de los ingleses a proteger la pelota y sacó de los porteños la filigrana pícara y enloquecedora. Admiración y respeto. Dos palabras apenas, que en Pedro Ochoa se pegaron. Admiración que le tenía el compañero; respeto que le tomaba el rival. Sus cabriolas eran imparables. Ochoita era el pilar de la dinámica de Racing mientras jugó. Nadie se atrevía a irle malintencionadamente. Preferían pararlo con las manos antes que revolcarlo en el suelo. Porque Ochoa nunca abusó de su habilidad para ganar. Siempre fue de frente y sin chanzas. Pedro Ochoa Baigorri nació un 22 de febrero de 1900. A los 12 años se prueba en Independiente y queda como titular de la octava división. Ahí permanece un año y lo llevan a Racing donde pasa a revistar en forma directa en quinta. Al año pasa a cuarta división. En 1916 aparece deslumbrando en primera y ya no se mueve más. Con Natalio Perinetti forma una pareja Prodigiosa. El, era el motor, el gestor de muchas jugadas que terminaban en la red. No era un goleador nato, ni un romperredes. El estaba para fabricar fútbol, de alto nivel, de vuelo creativo. En la selección argentina llegó a encumbrarse de tal manera que durante muchísimos lances de importancia fue el hombre que se abonó a la número ocho. Su último partido con la casaca argentina lo cumplió en abril de 1928. En Lisboa, y pese al 0 a 0, él resultó el mejor delantero de la cancha, y así puso fin a su campaña internacional. Habían pasado muchos años en primera. Y llega el profesionalismo. Racing, en ese 1931, arranca mal, con problemas. El ocaso de Pedrito se vislumbraba. Las cosas no salían bien y se había producido un desgaste natural en sus cualidades. Empero seguía aportando su experiencia. Finalmente decide retirarse y esto se produce en 1931, en cancha de Vélez. La hinchada, silenciosamente, respepetuosa de esa figura, asistió a su ausencia posterior, casi con lágrimas en los ojos. Era la época donde el fútbol aún mantenía un dejo enorme de romanticismo.

 

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